Desde la ventana podíamos ver los viejos vagones abandonados y decorados con una romántica capa de óxido. A veces los niños jugaban a colocar cosas encima de la vía. Piedras, monedas. La luz de la tarde era sepia y el color predominante era el amarillo desgastado de un prado castigado por aquel sol del sur que nunca parecía lo suficientemente cansado: ni tan siquiera durante la noche cuando la luna ocupaba su lugar en el techo del mundo. Dentro y fuera de la casa era como si el tiempo se detuviese. En el interior la inmutabilidad era absoluta y la ausencia de cambios, aunque fuesen nimios, hacía que pareciese que los relojes no andaban. Fuera algunas espigas eran azoradas por aquella brisa templada y los niños, aunque lentamente, se movían y nos hacían sentir que aquel paisaje estaba compuesto por seres vivos. Ella miraba las cosas y tenía la sensación de estar asomándose al interior misterioso de un cuadro o de una fotografía. A veces lloraba. Lloraba antes y después de que yo regresase del trabajo… Reconozco que mis cosas cada vez me ocupaban más tiempo y a veces incluso ella se quedaba dormida sentada en la hamaca aguardándome. El negocio empezaba a ir bien y por eso necesitaba pasar cada vez más tiempo fuera de casa. Es triste que el hecho de que algunas cosas vayan bien implique el deterioro de otras. Pero me pongo en el lugar de ella y la entiendo. No es fácil empezar de cero en una ciudad en la que no conoces a nadie. Una noche me dijo:

Creo que nunca antes me había sentido tan triste en ninguna otra casa, ni siquiera cuando estuvimos viviendo unos meses en Berlín y el frío animal me tenía encerrada dentro de aquel ático las veinticuatro horas del día como si estuviese en la cárcel. Nunca antes en otro sitio me había sentido tan rara y he estado en demasiados lugares desde que era una niña, porque mis padres tuvieron que probar suerte en muchos sitios y al final los pobres murieron sin encontrarla. Lo extraño todo en este lugar aunque este lugar se pueda parecer a cualquier otra parte. No hay demasiados ruidos aquí y los trenes casi nunca pasan. Se trata de un silencio extraño, uno de esos silencios que te invitan a sospechar que en breve va a suceder algo. Los niños colocando sus piedras y sus monedas sobre la vía me aterran porque el hecho de que los trenes pasen solamente de cuando en cuando hace que se confíen demasiado.

Ella terminó de hablar y yo no fui capaz de decir nada; es más, incluso me atrevería a decir que la contundencia y la sinceridad de sus palabras me arrebataban a mí el derecho a réplica. Pero, al mismo tiempo, fui consciente de que algo se estaba rompiendo irresolublemente. Nos quedamos dormidos. Bueno, antes de quedarme dormido permanecí de espaldas a ella durante una media hora aproximadamente con los ojos abiertos. Al día siguiente estuve trabajando hasta bien entrada la noche. Ella ya estaba dormida cuando regresé y yo no pude resistir la tentación de abrir aquel cuaderno de tapas azules que había dejado en la mesa del salón. Lo abrí y leí:

“Una combinación fantasmagórica de niños, de trenes, de atardeceres y de silencio. A veces me pregunto si esos niños realmente existen o si son solamente el fruto de mi mente trastornada por la tristeza. Voy a hablar con él. Tenemos que abandonar este lugar olvidado o de lo contrario acabaré enfermando. Últimamente pienso demasiado en la muerte. Y antes de venir aquí yo no pensaba en la muerte nunca. Ni tan siquiera cuando hacía demasiado frío y las manos dolían y la noche enterraba la nieve en una agujero profundo. Me asomo una y otra vez a la ventana. Miro la composición sepia e inmóvil que forman los niños y la vieja vía y la hierba quemada por el sol. Luego cojo la pistola de él y disparo. La bala es lo único que se mueve pero avanza muy lentamente”.

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