Cuando lees El filo de la navaja de William S. Maugham no puedes dejar de pensar en Larry durante días. Larry, en el fondo, nos cae bien a todos y todos tenemos un Larry dentro que quiere largarse a conocer mundo con la finalidad de conocerse a sí mismo y todo hijo de vecino queremos pasar una temporada en la India y experimentar el nirvana. Cuando lees On the road sientes que es posible ser libre. Solamente hace falta un poco de valor y una mochila y tener amigos tan locos como Neal Cassady. Solamente tengo que leer cualquier libro de Loriga, preferiblemente Héroes o Caídos del cielo, para quitarme quince años de encima y volver a mi cuarto en Calle La Unión y rescatar todos los olores y todas las sensaciones de aquella etapa de mi vida… No hace falta leer el libro entero, basta con abrirlo por cualquier parte y revisitar un fragmento. A mí tampoco me gusta la playa: o más bien el concepto playa. Veréis, me gusta el mar y los barcos y la arena, pero no soporto a los turistas con sus cremas bronceadoras ni a los pequeños con sus rastrillos y sus palas. Pero, cuando quieras, podemos acabar con todas las latas de cerveza del supermercado mientras contemplamos el horizonte apoyados en el capó de nuestro coche rojo como un incendio. Y, por descontado, si eres una chica bonita y te aburres con tu hermano pequeño y con tus padres, puedes dejar que te secuestre. Alguna vez, todos hemos pensado que pasar el resto de nuestras vidas encerrados dentro de nuestra habitación podría ser una opción de vida viable. Cuando lees a Benjamín Prado entiendes que el lenguaje tiene muchas posibilidades y que se puede exprimir mucho más de lo que lo hacemos en nuestras conversaciones cotidianas y que, algunas frases, pueden conseguir que se te pongan los pelos como escarpias e incluso que se te salten las lágrimas. Lloro cada vez que muere la protagonista de Love Story. Cuando lees El árbol de la ciencia te das cuenta de que Baroja es más moderno que todos los modernos y que, otros hombres que habitaron este país mucho antes que nosotros, tuvieron vivencias e inquietudes prácticamente idénticas a las nuestras. No me queda más remedio que calificar como benditas algunas lecturas obligadas; entre ellas cabe destacar: Tiempo de silencio de Martín Santos, La colmena de Camilo José Cela, El misterio de la cripta embrujada de Eduardo Mendoza y Rebelión en la granja de George Orwell. Últimamente he leído a Murakami y a Kyoichi Katayama y me ha servido para darme cuenta de que, independientemente de todos los kilómetros que nos separan, los japoneses no son marcianos. Volviendo a Kyoichi, se me aceleró el corazón cuando me tropecé con un libro titulado: Un grito de amor desde el centro del mundo. No puedes tropezarte con un título así y darte la vuelta sin más. Desde mi punto de vistas, títulos como ése son como puñaladas. Te comento algo: da lo mismo cuánto tardes en llegar a Kundera porque kundera siempre te estará esperando. Y no hay justificación alguna para la ignorancia. Y lo mismo pasa con Henry Miller. Lo que sí es cierto es que el estado de ánimo de un mortal cualquiera no siempre es el apropiado para embarcarse en Miller y pasar horas y horas en compañía de sus demonios. Y no hablemos de Céline y de su Viaje al fin de la noche. Opino que después de este libro queda poco que contar con respecto a las miserias y los miedos del alma humana. Cuando las cosas se ponen demasiado feas siempre me queda la alternativa de celebrar una fiesta en París con Hemingway y, si no me apetece salir fuera de España, me voy con Mañas al Kronen. Joder, se me pone la piel de gallina cuando recuerdo las ediciones de bolsillo de Reservoir books de mediados de los noventa. Recuerdo leer Los lunes azules y Criaturas extrañas y Fóllame de una tal Virginie Despentes en cuya portada aparecía una sobria y bellísima pistola. Recuerdo un verano increíble en el que todos mis recuerdos tienen que ver con un libro titulado Jack Frusciante ha dejado el grupo y con todos los libros de Jaime Baily. Me quedo con La noche es virgen quizá porque fue el primero suyo que leí y por eso le tengo un especial cariño; en aquel libro Jaime no empleaba mayúsculas y el prota solía frecuentar un bar llamado Cielo en pleno corazón de Lima. Recuerdo que invitaba a todo aquél que venía a mi casa a que abriese cualquier libro de Jaime por cualquier parte para corroborar que podría encontrar, echando un somero vistazo, la palabra coca, escrita al menos un par de veces. No basta con hablar todo el rato de follar y de meterse cocaína hasta el culo. Eso no funciona si, detrás de ese argumento, no se esconde un narrador de raza. Pensé que nunca me tropezaría con un libro tan grande como El Quijote o La Biblia, y luego llegaron Thomas Pynchon, Don Dellilo, David Foster Wallace y algunos de sus libros han pasado a convertirse para mí en auténticas biblias laicas. Bueno, al menos de momento, no me apetece continuar hablando de libros porque, aunque me gusten tanto, a veces me ponen triste. En el fondo, lo único que me importa es la literatura. Y, aunque frecuente otros lugares, lo hago simplemente con la intención de mantener un contacto más o menos cuerdo y sano con el resto de las cosas de este mundo. Como decía aquella pegadiza cancioncilla con la que se abría el mítico programa Negro sobre blanco: todo está en los libros.

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