Si partimos de la base de que resulta imposible leer todo lo que se publica, a uno no le queda más remedio que tratar de buscar alguna o algunas estrategias que le permitan decidir, con más o menos fortuna, qué lecturas merecen o no que les dediquemos nuestro preciado tiempo. Hay quien lee sistemáticamente todos los libros de un autor determinado y, de paso, lee sistemáticamente todos los libros de otros autores que algún crítico o algún lector amigo haya puesto en consonancia estilística o temática con ese autor determinado. Hay quien se fija fundamentalmente en las portadas y quien se fía devotamente de las listas de ventas que publican los suplementos culturales. Y, por supuesto, hay quien directamente no lee pero ésa es otra historia; no en balde, hace poco descubrí en Internet… (donde está todo; antes todo estaba en Portobello Road) una empresa dedicada a vender falsos libros para adornar las estanterías.

La cuestión es que, los libros y, por extensión sus autores, llegan a nosotros de maneras variopintas y en ocasiones por las vías más insospechadas. Estoy seguro de que todos tenéis alguna anécdota que contar con respecto al modo mágico y misterioso en que un determinado título llegó a vuestras manos y, para más inri, justo en un momento de vuestras vidas en el que, por las circunstancias que fuera, necesitabais leer ese libro concreto. Hay quién dice que son los libros los que buscan al lector y yo opino que hay gente que practica demasiado yoga y pasa demasiado tiempo en la parafarmacia. Yo acostumbro a comprar títulos periódicamente. Generalmente, y esto puede ser visto como un problema, tiendo a comprar a un ritmo más vertiginoso del ritmo al que leo con lo cual se van amontonando los libros en casa a espera de ser leídos algún día. En realidad, mi sueño consiste en vivir un día totalmente sepultado entre libros, de manera que no pueda encontrar absolutamente nada porque todos los demás objetos estarán enterrados debajo de los libros. Como decía, no leo todo cuanto compro y el matizado sentimiento de remordimiento que me produce esta circunstancia he tratado de paliarlo a veces prestando a otros amigos los libros que yo no he leído, pero esto me duele casi tanto como si me cortasen un dedo porque soy muy fetichista y me interesa sobremanera el objeto, y no sé cuántos libros habré perdido ya por haber cometido la torpeza de prestarlos, y lo que es peor aún es comprobar, pasado un tiempo, que el amigo al que le prestaste el libro tampoco lo ha leído ni tiene la menor intención de hacerlo, pero el mamonazo tampoco lo encuentra cuando se lo pides para que te lo devuelva. Uno de los libros cuya pérdida más me dolió fue Trainspotting y no preguntéis por qué: supongo que por el momento en que tuvo lugar la pérdida y el consecuente duelo y porque, a pesar de que la película dirigida por Boyle era jodidamente buena, el libro es aún mejor. He llegado a la conclusión de que los libros, al igual que las mujeres, no se prestan.

Siguiendo con la búsqueda de criterios que orienten nuestras lecturas, leo muchos blogs y esa, en los últimos tiempos, se ha convertido también en una buena manera de acceder a ciertos títulos que desconocía. También suelo visitar esporádicamente portales tipo Entrelectores donde todos los libros aparecen reseñados y con una valoración resultado de las votaciones de lectores que previamente han debido registrarse. De todos modos, y quizá porque yo en el fondo y a pesar de tener un Ipad y un Samsung Galaxy sigo siendo muy tradicional, mi manera favorita de adquirir un ejemplar sigue siendo perder una mañana o una tarde en la librería, hurgando entre las estanterías de madera, viendo la portada del libro, acariciando las hojas, oliendo el papel, sopesando el gramaje y el color del mismo, leyendo la sinopsis, leyendo incluso la primera página del libro in situ. Me da morbo descubrir un título nuevo, un autor nuevo, me excita tener una corazonada con respecto a dicho libro y correr a casa a comprobar si el mismo cumple mis expectativas. De este modo, he llegado a libros que han sido y siguen siendo importantísimos en mi vida.

Cuando salgo de la librería con un título bajo el brazo, tengo la impresión de que estoy llevándome a casa todo un universo; incluso a veces siento que estoy cometiendo alguna clase de delito no tipificado en el Código Penal (y es que tengo la teoría de que, los delitos verdaderamente importantes, escapan a dicho Código) y corro a pillar el coche mirando hacia todos lados como si alguien hubiese descubierto que escondo un tesoro y me estuviese siguiendo para arrebatármelo. Soy ansioso por naturaleza pero lo soy aún más cuando voy camino de casa con un libro nuevo bajo el brazo. Recuerdo haber pasado mañanas enteras en El árbol de Poe. Recuerdo saltarme las clases en la Facultad de Derecho para adquirir un libro en la mencionada librería y luego sentarme en alguna cafetería a leerlo o, en otras ocasiones, aparcar el coche en algún lugar sombrío y pasarme la mañana entera leyendo el libro recién adquirido. Sobre todo recuerdo un día de lluvia intensa en los aparcamientos de un centro comercial cualquiera en el que casi me bebí de un tirón Tokio ya no nos quiere de Loriga y otro en que leí Pulp de Bukowski. También me recuerdo en el patio de la antigua Facultad de Relaciones Laborales ubicada en El Palo leyendo a Jim Thompson mientras que el resto de mis colegas, que ahora son casi todos Graduados Sociales, asistían a las clases de Derecho Sindical, Seguridad Social o Derecho del Trabajo. Puedo contemplarme desde fuera (porque hace mucho tiempo ya que descubrí que soy mi propio dios) allí sentado en aquel banco de madera húmeda y agrietada, bajo la mirada de aquellos vetustos y sabios árboles, metido en universos oscuros en los que casi todas las chicas eran fatales, y casi todos los hombres llevaban pistola.

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