La insumisión vuelve a estar más de actualidad que nunca y cobra más sentido incluso que antaño. Vuelve a resucitar cuando ya parecía un asunto del pasado. El término insumiso por estos lares casi siempre se asoció a aquellos chicos que no simpatizaban con el servicio militar y que tampoco consideraban justo tener, por obligación, que dedicar parte de su vida a la prestación social sustitutoria, y más aún cuando esta prestación sustitutoria solía consistir en hacerle las fotocopias o llevarle los cafés a alguien. La insumisión es el rechazo a integrarse, por acción o por omisión, en una determinada organización, o a cumplir determinado requisito que le es exigido a un ciudadano, normalmente desde el Estado, amparándose en razones de conciencia. Suele definirse como insumiso a aquel que se niega a participar en el servicio militar obligatorio, si bien existen otras formas de insumisión, como por ejemplo la insumisión fiscal. En definitiva… la insumisión es una forma de desobediencia civil, y sus motivos pueden ser diversos: filosóficos, políticos, pacifistas, antimilitaristas, religiosos o éticos. Lejos quedó por tanto ese tiempo en que empleábamos el término insumiso para referirnos casi exclusivamente a esos chicos que se negaban a hacer la mili.

En los últimos meses, salen a la palestra aquellos insumisos que, siendo de todas las edades y de todos los estratos sociales, se niegan ahora a pagar el peaje en las autopistas, se niegan a abonar multas que consideran excesivas e injustas y se niegan a pagar impuestos cuya cuantía les resulta demasiado elevada convirtiéndose por tanto en insumisos fiscales. Están incluso los insumisos contra la Ley antitabaco. Volviendo al tema de los insumisos fiscales, entiendo que, cuando no puedes pagar, es fácil declararte insumiso por la sencilla razón de que lo haces, no porque voluntariamente adoptes esa postura ideológica, sino porque no te queda otro remedio. La insumisión, aplicada al ámbito que sea, implica una acción, una voluntad por parte del que se declara insumiso. Implica, en definitiva, la toma de una decisión, la adopción de una postura más o menos arriesgada.

Desde esta entrada, pretendo reivindicar la insumisión bien entendida o al menos como yo la entiendo: la insumisión como postura extrema cuando la presión que se ejerce sobre el ciudadano también es extrema. Creo que debe llegar un momento en que el ciudadano diga/grite: basta ya, no puedo más, considero que esto no es justo y por tanto me niego a aceptarlo. Me niego a tener que pagar por respirar. El mundo no es de los políticos sino de los hombres y los hombres nombran a los políticos, no para que les jodan la vida y les expriman y les chupen la sangre (que para esto último ya están los vampiros), sino para resuelvan sus problemas y les ayuden y les hagan la vida más cómoda. Me niego a pagar más y más por todo. Me niego a que ni una minúscula parcela de nuestras vidas quede sin fiscalizar, sin controlar, sin rentabilizar. Circular por nuestras carreteras es más caro, la gasolina es más cara, emplear los medios de transporte público como alternativa es más caro, hablar por teléfono es más caro, ir al médico es más caro, los impuestos y las tasas suben, la luz es más cara, estudiar es más caro, comprar comida es más caro, vivir es más caro. Hemos convertido el mundo en un gran supermercado, en el que todo se compra y se vende y, además, no a un precio justo. Tanto tienes, tanto vales, y si eres de los que no vale, a galeras a remar, como decía Manolo García en aquella famosa canción de El último de la fila.

El problema es que cuando solamente algunos se declaran insumisos, el asunto no pasa de ser algo anecdótico que terminará acarreándole al susodicho más problemas que ventajas. A lo sumo, saldrá su foto en la prensa a la mañana siguiente y su historia será el tema de conversación del resto de los ciudadanos mientras desayunan por la mañana. El problema continúa siendo el mismo desde Marx, Lenin, Hitler, Le bon, Ortega y Gasset: la masa es amorfa y torpe y carece de capacidad para organizarse.

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