Hoy no me apetece reflexionar demasiado. Hoy no me apetece entrar en profundidades. Hoy no me apetece abusar de la razón. Hoy me apetece escribir de forma más o menos automática, y digo más o menos, porque estoy de acuerdo con Pere Gimferrer cuando afirma que la escritura automática, stricto sensu, no existe, es una utopía y por tanto todos los dadaístas, incluido el teórico del movimiento, André Breton, están equivocados. Hoy tengo ganas de escribir con el acelerador pisado a fondo… Lo que parece indiscutible es que el caprichoso destino quiso que todos los cadáveres fuesen exquisitos. Babel está lleno de turistas cansados. Las calles son variaciones de luz, obeliscos invisibles. Nos precipitamos hacia la antimateria. Somos realidad aumentada. El imán en la nevera poco dice ya acerca del lugar donde estuviste. Una distancia insalvable media entre la plaza y los pulmones. Y poco importa que corras la cortina de átomos porque lo único que vas a conseguir va a ser evidenciar la ignorancia de las guías turísticas. Todos los edificios son embajadas que representan un espejismo, una ilusión demasiado frágil porque cualquier cráneo es simple fachada. Nuestros corazones, como copos de oxígeno, acostumbran a viajar en metro. El nutriente ignora su condición de nutriente y todo muta cuando se contempla desde las afueras, desde la distancia suficiente, a través de los ojos del ermitaño (acá extranjero): todo lo cual equivale a decir que entre dos cuerpos humanos siempre crece un paréntesis. Acostumbro a comprar el mismo libro en distintas ciudades y me atrevería a defender a muerte la afirmación de que los idiomas nos convierten en animales distintos. Albert Camus fue astuto y punzante como un zorro, mientras que en tu hogar yo también fui periferia. Las grandes ciudades tratan de reforzar su identidad a través de construcciones peculiares, mientras que, en mi casa, todos esos libros me representan. El autobús circular conecta la memoria con la esencia. Imaginar es también recordar. Los visitantes construyen el templo, lo exploran. La tierra es simbólica. Por lo tanto, el pueblo, también es simbólico. No ondean las banderas. El viento mueve significados a su antojo. Más si el símbolo muta, ¿quién lo traduce? Cuando marcho, la saliva se congela. Y aquellos con los que me crucé, se retiran a una especie de limbo, permanecen atados. En mi barrio, los vecinos ladran. Deambulo por las calles de alguna metrópolis. Fuera, tiendo a ignorar el peligro. Es como si le hubiese alquilado mi habitación a la muerte. Fuera los cuchillos no cortan.

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