Todos tenemos secretos. Y, cuando hablamos de secretos, da lo mismo que hablemos de personas físicas o de personas jurídicas. Si aceptamos que todos tenemos secretos, parece normal que el Vaticano también los tenga. “Un cardenal guía al cuervo (traidor)”, tituló el lunes el diario Il Messaggero, mientras el influyente Il Corriere della Sera abrió con el titular “Un cardenal entre los cuervos”. Archiconocido es el refrán que reza: cría cuervos y te sacarán los ojos. También es harto conocido ese otro que dice: en todas partes cuecen habas. Entiendo que si el Papa, que es el representante de dios en la tierra, tiene secretos podríamos, estirando el razonamiento un poco más, llegar a afirmar que el mismísimo Dios también tiene secretos o más bien los tenía porque, tal y como dijo Nietzsche, dios ha muerto llevándose por tanto dichos secretos a su tumba. A mí modo de ver… el principal secreto de Dios es cómo demonios creó el mundo, con toda su flora y toda su fauna, en siete días. Ya que hablamos del Vaticano y del último escándalo en que se ha visto envuelto, me gustaría señalar que tan deleznable me parece que ciertas instituciones y ciertas personas tengan secretos inconfesables como que, hoy en día, no exista ya nadie de confianza, nadie en quien puedas confiar sabiendo que jamás te apuñalará por la espalda. La lealtad y el honor son cualidades a la baja. El asunto de cómo dios creó el mundo entronca directamente con el asunto de la fe. El principal problema con el que se encuentran las religiones en general es el de demostrar aquello que postulan. Como generalmente no lo pueden demostrar, argumentan que se trata de una cuestión de fe que, más o menos, viene a significar que te lo crees por que sí o peor para ti. Según la Wikipedia, la fe es, generalmente, la confianza o creencia en algo o alguien. Puede definirse como la aceptación de un enunciado declarado por alguien con determinada autoridad, conocimiento o experiencia. Las causas por las cuales las personas se convencen de la veracidad de una fe, dependerán de los enunciados filosóficos en los que las personas confían. La palabra «fe» puede también referirse directamente a una religión o a la religión en general, sin embargo, tener fe no implica tener una religión. Al igual que la “confianza”, la fe implica un concepto de eventos o resultados futuros, y puede o no carecer de un mínimo de pruebas

Todo esto que acabo de mencionar con respecto a la fe suele fastidiar mucho a aquéllos que tienen depositadas casi todas sus esperanzas en la razón. Algunos pensaron que, empleando la razón, todos los problemas del mundo se resolverían y el mal sería desterrado de la faz de la tierra, pero nada más lejos de la realidad, ya que la razón ha permitido que se cometan atrocidades tales como guerras mundiales, genocidios, etnocidios, y un largo etcétera de atrocidades varias. Empleando la razón hemos desembocado en una de las crisis económicas más grandes conocidas desde que el hombre es hombre. Creo que el error estuvo en pensar que, el hecho de tener razón y el hecho de aprender a usarla, implicaba necesariamente enfocarla u orientarla hacia fines nobles y hacia el bien común. Volvemos, por tanto, al eterno debate relativo a la naturaleza humana. ¿Es bueno o malo el ser humano por naturaleza? Yo opino que, en términos generales, el hombre o la mayor parte de los hombres, son buenos por naturaleza, pero basta con que haya un buen puñado de capullos que no buscan el bien general sino el propio y que, precisamente por ello, se aproximan lo más posible a los puestos de poder, para que este mundo se haya convertido en el vertedero en el que se ha convertido en no pocos aspectos.

Mi teoría (que probablemente resulte inviable o inocente o ambas cosas a la vez) para resolver este problema es que no se debería permitir que cualquiera accediese al poder, sino que habría que establecer una especie de sistema de criba por el cual solamente accediesen al poder las buenas personas, o las personas nobles o con un código deontológico más o menos fiable. Otra cuestión distinta es que los seres humanos prefiramos ser gobernados por capullos, y seamos en este sentido un poco masoquistas. Para mí, si os soy sincero, esta teoría cobra cada vez más fuerza, lo cual vendría a corroborar una frase que he oído decenas de veces en los últimos tiempos: tenemos lo que nos merecemos.

Volviendo al tema del Vaticano y de los secretos y de los cuervos, para el vaticanista Marco Politi, las filtraciones tienen un objetivo, “la caída del número dos del Vaticano”, el cardenal Tarcisio Bertone, de 78 años, un salesiano sin experiencia diplomática, que cometió graves errores al inicio de su gestión, pero que goza de la confianza del Papa alemán. “Estos documentos son balas contra Bertone, lo quieren hundir, un pedido de renuncia”, explicó el teólogo Vito Mancuso. Para los expertos en asuntos vaticanos detrás de todos los escándalos, filtraciones y acusaciones se esconde un duro enfrentamiento entre la corriente cercana al cardenal Bertone y la vieja guardia, huérfana de Juan Pablo II, que no se resigna a soltar las riendas del poder que tuvo durante años.

Al final, y como viene siendo habitual a lo largo de nuestra todavía corta historia, detrás de todos los conflictos, todas las traiciones y la práctica totalidad de las miserias humanas, se esconde el ansia de poder. Y, cuando hablamos de poder, da lo mismo que hablemos de curas, de políticos o de dioses, ya que todos profesan la misma religión: la religión del dinero.

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