Hace algún tiempo escribí un artículo titulado ‘Dicen’ en el que me hacía eco de lo que escuchaba a mi alrededor y, ahora, vuelvo a la carga con la segunda entrega. Desafortunadamente, las cosas que oigo ahora no son mucho más halagüeñas que las que oía entonces. Por poner un ejemplo, dicen que nosotros vamos detrás de Grecia. Dicen que vamos a abandonar el euro y que vamos a salir de la Unión Europea y que vamos a volver a estar tan solos y aislados como en aquella época en que fuimos merecedores del nombre de La reserva espiritual de Europa. Algunos hablan de corralito y los que oyen hablar de corralito se asustan tanto que sacan su dinero del banco y, precisamente por eso, puede que se produzca el tan temido corralito. Dicen que… no hay dinero para la educación ni para la sanidad pero que lo hay para sanear las cuentas de los bancos, de esos bancos a los que, tal y como mencioné en un artículo reciente, les cuesta tanto trabajo prestar el capital que previamente les ha sido prestado a ellos. No hay dinero para nada pero los políticos siguen subiéndose los sueldos y despilfarrando. Dicen que hay crisis pero que, los partidos políticos y sus medios de comunicación, hablan tanto de ella y de un modo tan exagerado para meterle miedo a los ciudadanos de manera que piensen que no hay otro modo de salir de la misma más que renunciando pacífica y voluntariamente a todos los derechos adquiridos durante décadas de lucha, insisten en que debemos ceder, arrimar el hombro, poner nuestro granito de arena para conseguir salir todos juntos del agujero. Pero el ciudadano de a pié (porque se ve que los otros viven en las nubes) tiene la descorazonadora sensación de que su esfuerzo y su renuncia no se ve compensada con una actitud análoga por parte de los dirigentes, y entonces el ciudadano se siente traicionado y abandonado a su suerte: solo ante el peligro. Ayer precisamente circulaba por internet una imagen en la que aparecía una pareja de ancianos de espaldas. La mujer llevaba un cartel colgado que decía: Tengo ochenta y cinco años y estoy cabreada. Yo luché por los derechos que hoy os están arrebatando. ¡¡¡Espabilad coño!!! El cartel que cuelga de la espalda del marido reza: Yo opino lo mismo que mi mujer.

Hay quien opina que de lo que se trata es de volver a un estadio pasado en el que solamente había dos clases sociales: los ricos y los miserables. Nuestros padres trabajaron mucho y lucharon hasta desfallecer y nosotros vemos pasivamente como todo se desvanece. Y la Spanish revolution no ha pasado de ser un titular de prensa, más o menos sensacionalista. Y lo peor de todo es que el sistema ha conseguido que pensemos que da lo mismo lo que hagamos porque el ciudadano de a pie no tiene la capacidad de cambiar nada. Somos ciudadanos sedados. Dicen que no hay dinero pero que todo el mundo va a restaurantes y al cine, pero no es cierto que todo el mundo vaya a restaurantes y al cine. Hemos llegado a un punto en el que muchas familias no tienen ni para comer, y cuando no tienes para comer no puedes pagar los casi quince euros que te cuesta ya la entrada de cine, la Coca Cola y las palomitas. Y sube la gasolina de modo que deambular por las carreteras por las que antes transitábamos libremente cada vez cuesta más dinero. Dicen que va a pasar algo gordo, que lo peor aún está por llegar, que cientos de familias rebasan a diario el umbral de pobreza, y yo deseo de todo corazón que todos los que hacen esas afirmaciones apocalípticas se equivoquen. Sobre todo, deseo que se equivoque el Premio Nobel de economía en 2008 Paul Krugman al vaticinar un corralito en España. En un escueto artículo publicado por The New York Times bajo el título ‘El ocaso del euro’, el mencionado economista profetiza el fin de la zona euro. Según este artículo, este huracán, que pondría punto y final a la eurozona, comenzaría este mes de junio en Atenas. Para nuestro consuelo, este tipo tiene fama de sensacionalista. Sigo aguzando el oído para escuchar todo cuanto se dice y se comenta a mi alrededor y, si os soy sincero, no recomiendo esta práctica que empieza a adquirir tintes casi masoquistas y que está terminando por afectar seriamente a mi estado de ánimo, ya que casi todo cuanto escucho a mi alrededor es triste y desalentador. Casi voy a tener que optar por taparme los oídos. Pero yo, que soy optimista por naturaleza, quiero pensar que saldremos de ésta del mismo modo que hemos salido de otras iguales o peores.

Dicen, dicen, dicen y yo recuerdo lo que los psicólogos llaman profecía autocumplida en base a la cual, cuando se piensa que algo negativo va a suceder, es como si sentásemos las bases para que ese algo suceda. Una profecía autocumplida o autorrealizada es una predicción que, una vez hecha, es en sí misma la causa de que se haga realidad. Se pueden encontrar ejemplos de profecías que se autorrealizan en la literatura universal, ya en la antigua Grecia y en la antigua India, pero es en el siglo XX cuando la expresión es acuñada por el sociólogo Robert K. Merton, quien formalizó su estructura y sus consecuencias. En su libro Teoría social y estructura social, Merton da la siguiente definición:

La profecía que se autorrealiza es, al principio, una definición «falsa» de la situación que despierta un nuevo comportamiento que hace que la falsa concepción original de la situación se vuelva «verdadera».

Por tanto, invito a la gente a que se movilice y busque soluciones, y no piense tanto en los acontecimientos indeseados que están por venir como en las posibles soluciones que puedan aportar. Sé que esto es fácil decirlo o escribirlo pero difícil ponerlo en práctica. Lo que he pretendido con este artículo ha sido servir de vehículo entre lo que escucho en la calle y aquellos que leéis este blog más o menos asiduamente. Probablemente, dentro de un tiempo, volveré con la tercera entrega de ‘Dicen’ y espero de veras que lo que haya oído a mi alrededor hasta ese momento sea mucho más positivo y halagüeño. Yo digo, tú dices, él/ella dice, nosotros/as decimos, vosotros/as decís, ellos/as dicen. Total, decir no cuesta dinero.

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