La certeza de la muerte provoca en el ser humano una sensación ambivalente y aparentemente paradójica. Por un lado, nos inquieta y por otro nos reconforta. Cuando la cosa se pone muy fea siempre nos quedará París y siempre nos quedará morir. Con frecuencia he reflexionado acerca del suicidio como válvula de escape para todos aquellos para los que la existencia ha terminado convirtiéndose en un suplicio insoportable. A mi parecer, el suicidio, en contra de lo que opinan muchos, exige también cierto grado de gallardía de la que muchos carecen, y por ello últimamente se están poniendo de moda las empresas que se dedican a ofrecer una muerte rápida, legal, segura e indolora. Por descontado, se trata de países en los que está legalizada la eutanasia. La eutanasia es la acción o inacción hecha para evitar sufrimientos a personas próximas a su muerte, acelerándola ya sea a sabiendas de la persona o sin su aprobación. Se puede considerar también… como el hecho de morir sin experimentar dolor. Una de estas empresas que ofertan la muerte (y no precisamente a un módico precio) aparece retratada en la última novela del francés Michel Houéllebecq, El mapa y el territorio. El padre de Jed Martin, el protagonista del libro, ha sido un arquitecto de éxito que ya lo ha conseguido todo en la vida y no espera nada más, así que decide contratar los servicios de una de estas empresas para que le ayude a morir ya que prefiere la muerte al aburrimiento. Una de las novelas del archiconocido escritor Paulo Coelho lleva por nombre ‘Verónica decide morir’, pero Coelho dejó de interesarme después de El alquimista así que no vamos a ahondar en dicha novela ni en las razones de mi desinterés por el escritor brasileño.

Podemos pensar que el suicida es un cobarde porque no es capaz de enfrentarse a la vida y por tanto decide abandonar el barco, pero también es cierto que debe acojonar un poco emprender voluntariamente (y antes de tiempo) el viaje a ese lugar desconocido que es la muerte, y saber que la noche siguiente vas a pasarla dentro de un nicho cerrado a cal y canto con la única compañía de los gusanos y el resto de inquilinos del cementerio. Luego hay suicidios y suicidios: no es lo mismo morirte tomándote un frasco de calmantes que arrojarte desde un balcón al frío y ceniciento asfalto. Lo que sí que tengo claro es que, ya que me tiro, me tiro de un noveno o un décimo. Considero que es una gilipollez arrojarte desde un primero para, además de no morir, quedarte lisiado. Siempre he sido de la opinión de que las cosas, o se hacen bien, o no se hacen. Existe la falsa creencia de que la vida tiene que gustar necesariamente, de que es antinatural sentir desdén hacia la mundana existencia. Pero esto no es cierto y si no que se lo pregunten a los existencialistas. No podemos obviar que la vida de algunas personas es como una broma macabra pero, lo paradójico, es que suelen ser precisamente estas personas las que más se aferran a ella, mientras que otros que, al menos aparentemente lo tienen todo, viven con un desdén intolerable.

La letra de una canción de Modo Bélica dice: Y si vamos a morir / para que sufrir así / yo sólo quiero ser feliz / tan solo debo resistir. Al margen de que el cantante de la banda en cuestión no se haya quebrado mucho la cabeza, opino que resistir es un buen verbo para hablar de la vida y de la muerte, en el sentido de que, a veces, se trata tan solo de acurrucarte y aguardar hasta que pase el chaparrón, hasta que el aguacero remita. Y, cuando pasa el chaparrón, y el sol vuelve a brillar en todo lo alto y los pajarillos cantan y las nubes se levantan, te das cuenta de que, si hubieses tirado la toalla, hubieses cometido el error más grande de toda tu vida, el único error verdaderamente irreparable, entre otras cosas, porque ya no tendrías vida, y, como dice el refrán, mientras hay vida hay esperanza.

Precisamente porque, pase lo que pase, vamos a morir, merece la pena seguir jugando y tratar de restarle trascendencia a todo cuanto nos ocurra. La vida es una pelea perdida de antemano. El combate está amañado. Y, precisamente porque está amañando, debemos tratar de aguantar en pie el máximo número de asaltos posible aunque solamente sea para darle trabajo al árbitro. Y, además porque, en el fondo, todos pensamos que somos inmortales. El hecho de que el sol salga todos los días no demuestra necesariamente que tenga que salir mañana. Afirmar que el sol saldrá mañana no deja de ser una opinión más o menos fundada. Del mismo modo, el hecho de que todos los que me han precedido hayan muerto me puede llevar a pensar que yo también moriré, pero entiendo que mi muerte no pasa de ser una opinión más o menos fundada. Total, que todo este rollo que os he soltado era solamente para confesaros que pienso que soy inmortal.

Anuncios