El lunes es el primer día de la semana en el calendario gregoriano, y primero de la semana laboral, según el estándar ISO 8601. El nombre lunes proviene del latín Dies Lunae, o ‘día de la Luna’. Aquellos que no trabajamos los fines de semana, desde el lunes por la mañana, estamos deseando que llegue cuanto antes el viernes próximo. Y nos pasamos la vida deseando que llegue el viernes de manera que los demás días de la semana transcurren a una velocidad inaudita y, al final, todos los viernes terminan llegando y tal y como vienen se van. Mi hermana acostumbra a decirme que, cuando tenga un hijo, los días transcurrirán aún más deprisa y el niño pasará de ser un bebé a estar delante del cura recibiendo el cuerpo de cristo en un santiamén, y yo, más viejo y con menos pelo, miraré hacia atrás y un cementerio de viernes muertos yacerá a mis espaldas. Básicamente… la razón última de este texto que estoy escribiendo -precisamente un lunes por la mañana-, no es otra que la de reivindicar la importancia de los lunes y los martes y los miércoles y los jueves (de los domingos hablaremos en otra ocasión ya que el séptimo día de la semana merece mención aparte). No digo que el viernes no sea importante y no tenga su encanto; simplemente, insisto en que el viernes llegará y no hay que despreciar ni desaprovechar por ello el resto de los días de la semana. El viernes es el quinto día de la semana. El nombre de “viernes” proviene del latín Veneris dies; ‘día de Venus’ (la diosa de la belleza y el amor en la mitología romana). También se llamaba Viernes el amigo que encontró Robinson Crusoe en la isla tropical a la que naufragó durante veintiocho años, en aquel famoso libro de Daniel Dafoe.

Paradójicamente, nos pasamos la vida deseando que pase el tiempo, que pase lo más rápido posible para que llegue la hora de esas vacaciones deseadas, la fecha de ese concierto al que tenemos tantas ganas de asistir, el día en el que tendrá lugar la tan ansiada partida a ese destino lejano al que tenemos tantas ganas de ir, y el cobro de esa paga extraordinaria que tanta falta nos hace y que nos permitirá ir al concierto y pagar los gastos de desplazamiento y alojamiento. Y despreciamos las otras horas y las semanas y los días y los meses. Y, casi sin darnos cuenta, despreciamos la vida. Una vez escribí que vivir es un arte. Y todo arte exige dedicación y fuerza de voluntad y entrega. Y no es fácil convertirte en un maestro y lo peor de todo es que es muy probable que, cuando alcances el grado de maestría necesario, sea ya demasiado tarde y no te queden muchos viernes por delante para poner en práctica tus conocimientos de experto. Pero así es la vida. Ahora mismo solamente sé que es lunes y que es lo único que tengo. Y me estremezco al pensar que algunos ni tan siquiera podrán alcanzar el fin de semana siguiente porque enfermedades, asesinatos y accidentes varios terminarán con sus vidas antes de que esta semana culmine. Así que despreciar el momento presente, por muy cuesta arriba que se te presente la jornada, puede constituir un error irreparable.

Es lunes por la mañana y tengo toda una jornada de trabajo por delante. Pero luego llegará la tarde y fuera cada vez huele más a verano, y el olor a verano es estimulante, rejuvenecedor y cicatriza las heridas casi tanto como el aloe vera. No lo niego, tengo ganas de que llegue el viernes porque, entre otras cosas, este fin de semana tengo ya varios planes bastante apetecibles. Pero no caeré en la tentación de desdeñar lo único que tengo ahora. A menudo trato de detener el tiempo y gasto ingentes energías en tan noble y titánica empresa hasta el punto de que, en no pocas ocasiones, termina doliéndome la cabeza y casi siento que está a punto de salirme humo por las orejas. Se trata de un ejercicio mental harto complicado. Con el tiempo, y después de numerosas horas de práctica, he llegado a la conclusión de que el tiempo muere cuando dejas de pensarlo. En ocasiones trato de imaginar cómo sería vivir en un mundo sin relojes ni calendarios, un mundo en el que solamente hubiésemos concebido la noción de espacio. Viviríamos instalados en una especie de presente eterno. Opino que, cuando no tienes tiempo, cuando nadie te ha hablado nunca de su nómada y volátil existencia, no puedes perderlo ni puedes matarlo: únicamente puedes vivirlo. Y a modo de conclusión, y tal y como reza el texto de la imagen que he empleado para encabezar esta entrada: si no fuese por los lunes no nos gustarían tanto los viernes. Dicho lo cual, os deseo que tengáis un bonito lunes.

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