A veces me planteo qué elementos concretos son los que deberían determinar la grandeza de un país. Otras veces, directamente, no me planteo ninguna cuestión que trascienda lo que podríamos denominar los confines de mi barrio. Lo que no puedo negar es que nunca he tenido vocación de presidente de la comunidad. Pero cada vez tengo más claro que, si no participas directamente en las cuestiones que te afectan directamente, es bastante probable que las cosas no tomen el rumbo deseado. Y si las cosas no toman el rumbo deseado y el motivo es que tú no te mojas, no resulta del todo coherente que te pases gran parte de la vida quejándote. La vida cómoda es divertida pero tiene sus inconvenientes, exactamente igual que la vida moderna como ya apuntaban los chicos de La habitación roja: “La vida moderna es nuestra condena, las prisas, las penas y los pisos de treinta…”… Nos encanta la vida moderna pero, al mismo tiempo, se nos llena la boca de valores tradicionales. Parece evidente que algo no funciona o que, paradójicamente, todo funciona tan bien que no nos percatamos de ello. Últimamente pienso que todos nos estamos volviendo un poco políticamente hipocondríacos, y que algunas de las dolencias que nos afectan hoy en día están directamente relacionadas con un exceso de higiene. He decidido que no voy a preocuparme tanto por los niños y que voy a dejar que jueguen y corran y se peleen libremente, porque he llegado a la conclusión de que no hay infancia sin ciertas dosis de miedo y de sangre. Y, si no hay infancia, tampoco hay adolescencia y, en resumidas cuentas, todas las etapas del ciclo vital se interrumpen y el mundo se convierte en una fábrica de seres humanos patológicamente inmaduros e inberbes. Así que dejad que los niños corran en paz lo cual no significa que debáis dejar que se acerquen a cualquiera.

La grandeza de un país no tiene por qué estar necesariamente relacionada con la extensión del mismo en número de metros cuadrados. La grandeza de un país depende de la grandeza de sus ciudadanos y yo suelo emplear el grado de moralidad como unidad de medida de dicha grandeza. Llevo un tiempo elaborando una batería de preguntas destinada a determinar dicho grado de moralidad ciudadana. Cada vez que hablo acerca de baterías de preguntas encaminadas a valorar cierto tipo de constructos, me acuerdo de una escala encaminada a medir el grado de ansiedad de los niños y que, en su versión norteamericana, incluía el ítem Miedo a Rusia. Y es que los norteamericanos nunca dejan de sorprenderme. También me sorprendieron cuando, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, acogieron a científicos que habían colaborado directamente con la Alemania nazi. Y es que ellos hacen gala de un sistema ético muy maleable y flexible. Cada vez que hablo de la Alemania nazi me acuerdo de aquella famosa novela de Thomas Pynchon llamada El arco iris de gravedad en la que su protagonista, Tyrone Slothrop, es un militar estadounidense que trabaja para la inteligencia aliada en Londres, en 1944, y padece un grave problema: siempre que cae una de las bombas autopropulsadas alemanas V-2, él tiene una erección. De niño, Slothrop fue sometido a experimentos pavlovianos por el profesor Laszlo Jamf, un loco científico alemán que ahora trabaja para los nazis. Laszlo inventó el Imipolex G, un plástico que se utilizará para el aislamiento de los cohetes, y condicionó las partes pudendas de Tyrone para que respondieran a la presencia de ese nuevo plástico. Ahora, ya adulto, no puede evitar sentir la presencia del Imipolex en las bombas, y sus superiores militares están investigándolo.

Opino que, uno de los principales problemas que afectan al hombre contemporáneo, no es ya el miedo a Rusia sino lo que yo identifico como el miedo al miedo. Se trata de una patología peligrosa y de complicado pronóstico. El miedo al miedo supone un acto de anticipación que nos condena de inmediato a entrar en una espiral de la que resulta difícil salir, precisamente porque el efecto de retroalimentación resultante hace que el terror crezca como una bola de nieve que termina por convertirse en un alud, y es que, en definitiva, toda bola de nieve que se precie sueña con convertirse en una bola de nieve más grande. Y todo aquel que entienda de aludes deberá saber que un alud es tan difícil de parar e impredecible como Leo Messi cuando se adentra en el área contraria. La cuestión es que yo no he venido aquí a hablar de fútbol sino de política. Pero, ¿no es precisamente de fútbol de lo que todos terminamos hablando cuando nos percatamos de que no poseemos ni los conocimientos ni la habilidad suficientes como para hablar de las cuestiones verdaderamente relevantes, las que verdaderamente nos afectan? Pues bien, situados en este punto, debo informaros de que nos encontramos ante un serio problema y es que no tengo ni puñetera idea de fútbol. Soy el típico que ve solamente las finales de las Copas de Europa y a veces ni tan siquiera eso. Lo que sí me estoy planteando seriamente es presentarme como candidato a la presidencia de mi comunidad en las próximas elecciones.

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