En ocasiones veo osos polares. Esta noche, sin ir más lejos, he vuelto a soñar con uno de ellos. Según repite hasta la saciedad Freud en su libro La interpretación de los sueños, los sueños son siempre realizaciones de deseos. Se ve que deseo un oso polar o, más bien, que el oso polar es la metáfora -o empleando la terminología freudiana-, el contenido manifiesto de algo que subyace en mi subconsciente y que sería el contenido latente, el cual yo tendría que desenmascarar por medio de la interpretación minuciosa del sueño. Últimamente sueño más o, mejor dicho, me acuerdo más nítidamente de lo que sueño. Pero me cuesta la vida traducir en algo coherente ese dialecto onírico tan rico en imágenes y de marcado corte surrealista. Es como si todos los guiones de mis sueños los escribiese Buñuel. Y supongo que la dificultad radica en que yo no tengo tanta paciencia como Freud ni consumo cocaína para aliviar la renitis. Pues bien, esta noche, inmediatamente después de soñar con el oso polar… (que, por cierto, no sé si se tratará del mismo oso polar de las otras noches porque, al igual que pasa con los chinos, todos los osos polares se parecen) me he levantado esperando ver nieve al otro lado de la ventana, pero lo único que había era asfalto con lo cual la decepción ha sido considerable. Luego me he vuelto a quedar dormido y, evidentemente, el oso polar ya se había marchado a otra parte lo cual me ha llevado a la siguiente conclusión: es muy difícil seguirle la pista a un oso polar dentro de un sueño.

Ahora es de día y la escena se traslada a la oficina del patronato de recaudación provincial de Málaga sita en Alhaurín de la Torre. Una mujer inglesa ha venido a la oficina y me ha contado que vivió en Liverpool durante los años sesenta. Entonces a mí me entran ganas de que esa señora mayor me transfiera mentalmente su experiencia pero no es factible (al menos de momento teniendo en cuenta que mantenemos inoperativo un alto potencial de nuestro cerebro). Entonces le pregunto cosas al respecto y ella me habla pero sus palabras caen sobre la mesa bruscamente: como el agua que se desploma de una catarata. No entiendo a la señora y no es porque no hablemos el mismo idioma (de hecho, me defiendo bastante bien con el inglés) sino porque hay experiencias que son inenarrables. Entonces yo me defiendo empleando un mecanismo de defensa consistente en decirme a mí mismo que yo nunca he estado en Liverpool pero soy capaz de construir la ciudad entera con una sola palabra. Una ciudad es un pedazo de suelo con un montón de cosas encima. Sé que se trata de una definición básica, pero certera. A partir de ahí, si queremos, podemos dedicar el resto de la tarde a construir galaxias. Debería ser muchísimo más difícil destruir una ciudad que levantarla pero tristemente no es así, lo mismo que una mujer que ha llevado durante nueve meses a un hijo dentro de su vientre puede perderlo en un solo segundo. Destruir es fácil y casi no tiene mérito; construir es otra cosa bien distinta. Recuerdo una novela titulada Levantar ciudades. A veces, un buen título justifica la escritura de un libro. Recuerdo haber escrito en algún lugar que a veces el color de una manzana importa mucho más que el sabor de una manzana. También dije algo acerca de que todas las canciones son autopistas en las que nunca muere nadie pero, bueno, al fin y al cabo, eso ya es historia.

Un oso polar puede entrar y salir de tus sueños a su antojo. Un oso polar es blanco como la nieve que pisa y, por ese mismo motivo, todos los hombres de Munich tienen el mismo color que Munich. El cielo de Edimburgo es como una chistera sucia, como un truco de magia triste; después de todo, casi todos los magos son tristes, como los payasos y como los espantapájaros. Por cierto, ¿hay alguien que siga creyendo en la eficacia de los espantapájaros? Os aseguro que no sirven para nada puesto que hace mucho tiempo ya que se hicieron amigos de todos los habitantes del cielo. Un mar sin olas no tiene por qué ser necesariamente un mar tranquilo ya que, como acostumbra a decir mi madre, la procesión va por dentro. El mar rojo es rojo porque está avergonzado, pero tiene buen fondo y a menudo llora por el mar muerto. Solo un estúpido culparía a un lobo por matar a un hombre y la primavera en París, como dice Michel Houellebecq en su último libro, es como una prolongación del invierno. Y el verano sigue regalando días encapotados y tristes con lo cual, siempre que viaje a París de ahora en adelante, lo haré en otoño.

Al fin y al cabo, el mundo es como un inmenso cofre en el que puedes encontrar absolutamente de todo. Hay potros salvajes y hay estúpidos y también hay astronautas aunque ninguno de vosotros conozca personalmente a ninguno. Los astronautas existen y la prueba de ello es que, todos los niños, han soñado al menos alguna vez con convertirse en uno de ellos. Si los hombres tuviesen la suficiente fuerza de voluntad todos serían astronautas y, como consecuencia, casi todos estarían en paro porque no hay dinero suficiente como para mandar a todo el mundo a la luna, y además la Tierra se quedaría despoblada de manera que regresar para reencontrarte con nadie no tendría demasiado sentido. A veces pienso en lo sencillo que puede llegar a ser hacerte pasar por un buen músico: basta con colgarte estilosamente una guitarra y pasear por las calles del centro con la mirada perdida. Será sencillo siempre y cuando no te escondas dentro del conservatorio.

Métete esto bien en la cabeza: que no puedas verlo no significa que no exista. A partir de la teoría de la relatividad especial de Einstein es posible viajar al futuro. Si la ciencia lo admite, no me digas que tu imaginación se niega a aceptarlo. También era imposible viajar a la luna y Julio Verne soñó con ello hace ya bastantes años y luego su sueño se hizo realidad porque, todos los sueños, terminan por materializarse tarde o temprano. Tampoco era posible que un objeto que pesase más que el aire pudiese sostenerse a once mil metros de altura ni tampoco era posible que se rebasase la velocidad del sonido.

Todo esto comenzó como un sueño. Os refresco la memoria: en ocasiones veo osos polares. La otra noche llovió fuera y yo incorporé la lluvia a mi sueño. Y os confieso que fue divertido cantar bajo aquel aguacero sin mojarme el pelo.

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