Todos hemos vivido alguna que otra situación patética a lo largo de nuestras vidas. Algunos habrán vivido más situaciones patéticas que otros pero no pretendo ahora elaborar una especie de ranking para determinar quién es el más patético de todos. La cuestión es que a todos nos han puesto la cara colorada en alguna ocasión. Yo recuerdo especialmente una situación embarazosa que tuvo lugar en la Facultad de Derecho de Málaga durante una clase de Ciencia Política del Dr. D. Ángel Valencia. Yo estaba sentado al fondo del aula junto a mi amigo Peluca: sentarte al fondo del aula, de entrada, supone ya toda una declaración de principios Mi amigo tiraba mi bolígrafo bic al suelo y, cuando yo inocentemente me agachaba para rescatarlo, me cogía la nuca y me empujaba hacia abajo acercando mi cabeza a su entrepierna y hacía uno de esos ruidos asquerosos y obscenos que a él tanto le gustan como imitando una especie de succión o mamada, y es que a mi amigo Peluca siempre le han encantado las onomatopeyas. La cuestión es que, cuando repitió la operación unas tres veces, el Dr. D. Ángel Valencia, que de tonto no tenía ni un pelo, se percató de la película y paró su clase magistral y dijo que dentro de aquel aula de la insigne Facultad de Derecho de Málaga había dos moscas cojoneras y que debían abandonarla cuanto antes. Mi amigo Peluca y yo miramos a nuestro derredor tratando de localizar a las moscas cojoneras y luego nos miramos a nosotros mismos hasta que, finalmente, nos dimos cuenta de que se refería a nosotros. Recuerdo la vergüenza que pasé haciendo el paseillo a lo largo de la clase entre las hileras de pupitres y bajo la mirada lacerante e inquisidora del profesor y del resto de los alumnos o abogados potenciales (aunque bien es verdad que, un elevado porcentaje de los que estaban allí, han acabado haciendo de todo menos lucir una toga).

Hace no mucho tiempo escribí un artículo titulado Esta mañana me he levantado un poco marxista en el que denunciaba la siguiente paradoja: ‘la gente se pasa la mayor parte de su vida deseando tener un trabajo que luego detesta’. Dicho artículo lo escribí desde un estado de ánimo que se asemeja mucho al estado de ánimo con el que me he levantado hoy, y que he decidido llamar: estado de ánimo de mosca cojonera. Y es que el Dr. D. Ángel Valencia, al fin y al cabo, nos hizo un favor, el Dr. D. Ángel Valencia nos describió, nos definió, fue capaz de detectar uno de los rasgos constitutivos de nuestra identidad, uno de los genes de nuestra alma como diría Amin Maalouf.

Adonde pretendía llegar, después de todo el rollo que os he soltado previamente, es a que hoy me he levantado cabreado con las entidades bancarias. Me da mucha rabia que les cueste tanto trabajo soltar el dinero, que les cueste tanto prestar aquello que a su vez y, paradójicamente, a ellos les ha sido prestado previamente. Abogo por un cambio de mentalidad que coloque a cada cual en su sitio, por un enfoque distinto de la problemática financiera. Veréis, solemos pensar que los bancos son los que nos prestan el dinero y que, haciéndolo, nos están haciendo una especie de favor por el que debemos estarles infinitamente agradecidos. Pero realmente los bancos no tienen dinero o si lo tienen es porque nosotros se lo hemos anticipado. Y la gran paradoja es que luego les cuesta la vida prestarnos ese capital que nosotros previamente le hemos prestado a ellos. ¿Qué coño harían los bancos si nosotros no les prestásemos el dinero? Pues dicho, simple y llanamente, se irían todos a la mierda. La solución que se me ocurre sería no prestarles el dinero y guardarlo en otro sitio y gestionarlo nosotros mismos. Me imagino a los gestores de un banco viniendo a mi casa pidiéndome que les preste dinero para especular con él y me imagino a mí mismo pidiéndoles todo tipo de documentación (incluso rollos de papel higiénico y papel de fumar) para, luego, después de marearles hasta la saciedad, decirles que no se lo presto. Sueño con que eso pase algún día y una sonrisa se dibuja en mi boca. Miro cómo los representantes de la entidad bancaria se van de mi casa cabizbajos mientras yo les grito: ¡Si quieren dinero, búsquense un trabajo digno y serio! No quisiera terminar este pequeño artículo sin darle las gracias al Dr. D. Ángel Valencia por haber demostrado tener semejante ojo clínico para detestar moscas cojoneras en ciernes.

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