¿Cuánto tiempo de vuestras vidas os roba ver series de televisión? ¿Por qué motivo consumís tantas series de televisión? ¿Por qué tenéis esa enorme necesidad de evasión, de observar a través de una pantalla lo que les pasa a otros? Parece obvia la afirmación de que, gran parte de nuestro tiempo libre –o para ser más exactos gran parte del tiempo libre que pasamos en casa- lo invertimos viendo series de televisión que nos adentran en las vivencias, peripecias y sinsabores de personajes ficticios encarnados por actores que, en la mayor parte de los casos, tienen vidas propias que poco o nada tienen que ver con las de los personajes que encarnan. Aunque también es verdad que la vida privada de esos actores también suele ser objeto de nuestro interés pero ése es otro tema del que no voy a ocuparme ahora. En resumen, pasamos gran parte de nuestras vidas dejando que nos cuenten mentiras, deseando que de comienzo una nueva temporada de mentiras a domicilio. Y cada vez se producen más series de televisión (tanto dentro como fuera de nuestras fronteras) hasta el punto de que ya es prácticamente imposible poder estar verdaderamente al día al respecto y seguirle la pista a todas… Para ello, tendríamos que dedicarnos a tiempo completo a ver series de televisión y casi olvidarnos de todo lo demás: de nuestros trabajos y de nuestras familias y de nuestras parejas. Me consta que a muchos no les importaría. Estoy convencido de que, en alguna parte, algún operario gira la manivela de una máquina que fabrica teleseries como churros. En SeriesBlog, un blog dedicado exclusivamente a hablar de teleseries, leía hace poco que “en Estados Unidos, cada temporada se estrenan varias decenas de series nuevas, muchas de las cuales caen antes de cumplir su primer mes. Por este motivo, es costumbre allí que las cadenas ordenen sólo una entrega reducida de episodios de las nuevas series, media temporada, y luego, si ven que tienen éxito, las renuevan por una temporada completa y se empiezan a crear los nuevos episodios”. Opino que ésta es otra característica esencial del formato: estar siempre al borde del abismo, depender de los caprichos de la audiencia. Por tanto, lo que llega a la pantalla, y más aún lo que se mantiene en ésta, es una ínfima parte de lo que se produce. A veces me invade la siguiente pregunta descorazonadora: ¿cuántas series me estaré perdiendo por el simple hecho de que éstas no hayan obtenido el beneplácito de la audiencia?

La mayor parte de la gente que conozco tiene el disco duro de sus ordenadores lleno de temporadas enteras de sus series favoritas, lleno de temporadas enteras de series que ni tan siquiera tendrán tiempo de ver, pero ahí están porque, como mínimo, tienes que saber que existen si no quieres quedarte fuera de la mayor parte de las conversaciones que tendrás a posteriori con tus amigos y amigas mientras cenas o tomas una cerveza en un bar. El joven contemporáneo se ha convertido en un animal de serie de televisión hasta el punto de que no me parece desacertado hablar de una “Generación Teleserie”. Las hay para todos los gustos, de vampiros, de médicos, ambientadas en el pasado, en el presente, en el futuro, más vanguardistas, menos vanguardistas, más surrealistas, menos surrealistas, más violentas, menos violentas, más sarcásticas, menos sarcásticas, más terroríficas, menos terroríficas, más explícitamente sexuales o menos explícitamente sexuales. Aunque, en los últimos tiempos, casi todas coinciden en un gusto por la mezcla entre la realidad y la magia de manera que los tipos más convencionales se convierten en hombres lobo o en vampiros cuando menos lo esperas o dedican su tiempo libre a matar zombies. Las escenas cotidianas se mezclan con las más extraordinarias y el modo en el que se producen y se facturan las mencionadas series, desde un punto de vista técnico, poco o nada tiene ya que envidiarle, en parte gracias a las nuevas tecnologías informáticas, a las superproducciones cinematográficas.

Opino que una de las causas principales del gran éxito de las teleseries es que, como la televisión en general, exigen un papel poco activo por parte del consumidor. Lo visual, en general, tiene la virtud de distraer al espectador sin exigirle a éste un esfuerzo demasiado grande, al menos no tan grande como leer un libro o asistir a un concierto o a un museo. Otro aspecto que opino que hace que las series de televisión compitan airosamente con otro tipo de ofertas televisivas es el hecho de que le permiten al espectador familiarizarse fácilmente con unos personajes y con un contexto y engancharse de manera rápida y sencilla: les otorgan la llave para acceder a un mundo en el que el telespectador puede entrar y evadirse de la realidad. Y cada capítulo funciona al modo de una monodosis que hace que el  telespectador esté tranquilo ya que podrá resolver fácilmente su problema de mono de ese ambiente o submundo en el que le introduce la teleserie en cuestión al tener almacenada en la memoria de su ordenador una cantidad ingente de la droga. Por otra parte, cada vez más, y posiblemente debido a lo vagos que nos estamos volviendo hasta para mirar una pantalla, las teleseries suelen estar estructuradas en capítulos cortos lo cual facilita su visionado y la compatibilidad de las mismas con nuestra ajetreada y sofisticada vida moderna. Por otra parte, otro aspecto que considero que ha favorecido de manera decisiva y crucial a este género ha sido el hecho de poder ver las series a la carta, a gusto del consumidor, de decidir cuándo quieres ver el capítulo y de, al tener varias temporadas grabadas, no tener por qué esperar para ver el capítulo siguiente. En este sentido, cada vez son más frecuentes los casos de gente que ve las series extranjeras por internet antes incluso de que sean emitidas en su propio país y de que hayan sido dobladas, lo cual también lo considero una ventaja.

Por otra parte (y esto que voy a exponer ahora lo considero la piedra angular de mi análisis), hay que reconocer que, incluso por delante de otras disciplinas o formatos artísticos, las teleseries han sabido tomarle el pulso a la actualidad y al mundo en el que vivimos convirtiéndose quizá en el formato idóneo para retratar al hombre contemporáneo. Muchas teleseries, a día de hoy y a pesar de que para muchos despistados sigan siendo algo así como un género menor, están testimoniando o narrando el mundo contemporáneo mucho mejor que otros géneros más decimonónicos si se quiere. Está claro que las teleseries no son algo nuevo pero lo que sí es nuevo es el modo en el que se facturan hoy día así como la temática por la que apuestan. Y prueba de su éxito y prestigio es que cada vez más participan en las mismas reputados actores y directores de cine sin que se les caigan los anillos. Más bien al contrario, todos se mueren por participar o colaborar en ellas. En este sentido, pienso que han evolucionado más que otras formas de narratividad. En consonancia con este argumento, recientemente se celebró en Casa de América un coloquio que bajo el título ‘De Moby Dick a The Wire: La literatura en las series de televisión’ pretendía reflexionar sobre cómo las series de televisión han ganado un espacio narrativo y una sofisticación comparable (y algunos dirían superior) a la buena literatura; algunas de las preguntas que se sometieron a debate fueron: ¿Las series representan la nueva ‘gran novela norteamericana’? ¿La televisión se alimenta de la literatura o viceversa? ¿Con qué responde la literatura a este fenómeno? ¿Con qué responde Iberoamérica a este nuevo movimiento? Entre los invitados se encontraban Jorge Carrión (España), Ricardo Silva Romero (Colombia) y Jacobo Bergareche (España). Este acto formó parte del ciclo ‘La literatura en las cosas’ que se celebró en Casa de América los días 24 y 25 de noviembre de 2011.

Considero que hay muchos modos de acceder a otros mundos, formas de vivir otras realidades y en definitiva todas comparten la (aparentemente) paradójica intención  de evadirnos de la propia. Cada vez estoy más convencido de que no hay dos mundos y que la separación entre el mundo real y el ficticio carece de sentido. No hay dos mundos. No hay dos realidades. Vivir enganchado a una teleserie es otra forma de vivir, como quien vive gracias a la respiración asistida, sólo que en el caso de los audiovisuales todos estamos enfermos. Hay quien pasa viendo teleseries un número de horas similar al que pasa haciendo otro tipo de cosas que podríamos considerar como más reales o más auténticas. Quisiera insistir en que, si durante mucho tiempo, fueron consideradas una especie de género menor, ahora parece claro que muchas teleseries pueden y de hecho compiten en prestigio con largometrajes u obras literarias y deben ser consideradas como auténticas obras de arte.

De la Wikipedia he extraído una clasificación de las teleseries que creo que refleja las enormes posibilidades narrativas y formales del género:

Sitcom o comedias situacionales: Desde el punto de vista de la producción y la programación, se definen por una duración entre 20 y 50 minutos por sus limitados escenarios (uno o dos y casi siempre interiores) y porque se graban con la asistencia de público.

Teleseries o series de largo recorrido: Cada capítulo dura entre 50 y 60 minutos, si bien, en algunos países, como España y México, los metrajes pueden ser muy superiores. Poseen diferentes escenarios, tanto interiores como exteriores. Se distinguen entre dramas y comedias. Básicamente como las telenovelas, pero con un tinte subido de tono.

Antología: Se trata de un tipo de serie que, en cada capítulo, cambia de personajes, de escenarios e, incluso, de equipo de producción. La continuidad entre uno y otro se consigue mediante el tema, el mismo para todos los episodios. Un ejemplo es la producción española La huella del crimen, que, en cada entrega, abordaba un caso criminal distinto, basado en hechos reales.

Miniserie: Es un tipo de producción a medio camino entre las teleseries y los telefilmes (en inglés, TV Movie). Suelen plantearse para al menos tres episodios, con una duración, cada uno de ellos, de aproximadamente 90 minutos, esto es, el estándar que la industria televisiva estadounidense tiene asignado a los telefilmes.

Microserie: Producción que dura entre 3 o 5 minutos. Al igual que los sitcoms, tienen pocos escenarios pero, con una narrativa clara y con temáticas fuertes. Pueden tener episodios mínimos a 20, incluso por temporadas, se manejan mayormente en Internet.

Series documentales:

El género del documental puede ser objeto de una emisión seriada en televisión, así como sus distintas variantes, surgidas a partir de un proceso de incorporación de técnicas características de otros géneros. Es el caso de los, docudramas en los que se aborda la realidad con recursos narrativos propios de la series de ficción, como la guionización a partir de tramas e, incluso, personajes. Un ejemplo de docudrama seriado es la producción, española Vivir cada día emitida po TVE1 entre 1978 Y 1988 Otra variante del documental es el docu-soap (docu, de documental; soap, de soap opera), aunque, en este caso, las técnicas narrativas utilizadas no proceden de las series de ficción, sino de los seriales televisivos. Como en éstos, las tramas quedan abiertas de un capítulo a otro. La producción catalana Bellvitge Hospital, ofrecida por la televisión autonómica catalana TV3, es un ejemplo de docu-soap.

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