Esquemáticamente hablando podemos decir que hay dos tipos de personas o dos estilos a la hora de encarar una situación problemática; por una lado, estarían los que suelen ver el vaso medio lleno y por otro los que siempre lo ven medio vacío. Pues bien, yo, indistintamente, y según el tipo de problema al que me enfrente o del momento del día, suelo oscilar entre uno u otro perfil aunque debo confesar que tiendo más bien a ser optimista y a pensar que vivimos en Los mundos de Yupi lo cual, en más de una ocasión, suele ser contraproducente porque luego el batacazo es mayor cuando compruebo que la realidad es muchas veces tan cruda como la pintan (sino más)… La cuestión es que, en lo tocante al tema de la crisis, siendo indiscutibles las consecuencias negativas de la misma y las penurias y sinsabores que está ocasionando a millares de ciudadanos, creo que también sería conveniente destacar cómo, a lo largo de la historia, las épocas de crisis, han terminado sirviendo como revulsivo para mejorar, para avanzar, para que la sociedad no se quedara estancada en modelos de gestión obsoletos e inviables; en resumen, os hablo de algo que no supone ninguna novedad teórica en la vasta literatura sociológica, esto es: la asunción de la crisis como motor de cambio. Es más, me niego rotundamente a aceptar -por considerarlo totalmente erróneo- ese razonamiento carca según el cual, con la crisis, hemos dado un paso hacia atrás para estar como estábamos en períodos históricos precedentes. Opino que, aunque tal afirmación pudiera ser meridianamente cierta en lo tocante a la pérdida de cierto statu quo adquirido (y percibido erróneamente como inmutable), nunca nos hallaremos en una situación calcada a la precedente: entiendo también que las oscilaciones son consustanciales a un sistema que está integrado por diferentes fuerzas entre las que se da una tensión y que, casi por definición, han de verse abocadas al conflicto: lo contrario me parecería socialmente antinatura. El conflicto es un aspecto básico del cambio social, ya que permite resolver divergencias de grupos o colectividades para alcanzar un nuevo modelo de integración social. Marx ya apuntó que el conflicto es el principal motor de la historia porque produce forzosamente cambios en las estructuras sociales a corto o a largo plazo. Si extrapolamos la teoría a la situación que vivimos actualmente en nuestro país vemos cómo los indignados ocupan las principales plazas del país y las fuerzas de seguridad del estado tratan de neutralizar sus protestas o de minimizar su alcance. Por su parte, la ciudadanía en general, culpa a la banca de la actual situación que atraviesa el país y, por extensión, responsabiliza a los políticos por no tomar medidas eficientes que pongan punto y final a la crisis y por no posicionarse de manera clara y transparente a favor de y en contra de. En definitiva, esta especie de caos al que asistimos es el que hace en gran medida que el mundo avance y podamos empezar a pensar en nuevos horizontes.

Opino que la crisis nos coloca de bruces ante una evidencia: no podemos relajarnos, no podemos pensar que ser ciudadanos consiste en delegar hasta el infinito y entregamos confiadamente a los placeres de una vida hedónica confiando el timón del barco a otros (con unos intereses de clase muy alejados ya de los nuestros). Llegados a este punto, opino que hay  4 factores que hacen que esta crisis que vivimos pueda ser reinterpretada desde una óptica más optimista y halagüeña que básicamente son los siguientes:

1. Todos somos economistas: observo que todos nos hemos convertido un poco en ‘economistas de andar por casa’. Nunca antes había oído hablar tanto a la gente de a pie acerca de economía y de política. Antes de la crisis parecía como que estos asuntos no iban con ellos y por tanto no tenían por qué tener ninguna noción acerca de dichas cuestiones. La economía era cosa de los economistas y la política había que dejarla en manos de los politólogos. Y yo no voy a afirmar radicalmente que no deba ser así -y más aún cuando hablamos de materias complejas que requieren de una especialización infinita-, pero eso no significa que el ciudadano al que dichas materias le sean profesionalmente profanas no deba estar informado y no deba interesarse aunque solamente sea mínimamente por aquellas cuestiones que afectan directamente a su bienestar y a su vida diaria. Uno de los principales problemas actuales es que hemos llegado a tales niveles de individualismo que solamente parece interesarnos lo que pasa a dos metros escasos a la redonda de nosotros mismos. Y este individualismo extremo tenía que terminar teniendo unas consecuencias inmediatas en la sociedad. Tocqueville ya nos advirtió de algo que creo que está ocurriendo en las actuales sociedades modernas: el pensador francés insistió en que el individualismo también es un peligro para la democracia como la tiranía de la mayoría. Cuando domina el individualismo, destruye los deseos de los ciudadanos de comportarse como tales.

2. Inspección Técnica de Valores (I.T.V.): se ha producido una resurrección o revival del humanismo. La actual crisis nos ha llevado a cuestionarnos, no ya solamente nuestro modo de actuar o pensar en un plano político o económico (en un plano que podemos considerar más pragmático si se quiere) sino que nos ha llevado a plantearnos y cuestionarnos todo nuestro actual sistema de valores. Es decir, hemos sido capaces de ver y de poner sobre la mesa de debate que la crisis que vivimos no es solamente política y económica sino que es fundamentalmente ética y que, probablemente, los problemas políticos y financieros sean -aunque colateralmente- una consecuencia de esta última crisis: la de la moral y de los valores. Y esto nos ha devuelto a una preocupación crucial por el humanismo lo cual, ni mucho menos, puede ser interpretado como una vuelta hacia atrás o como un retroceso sino como uno de los pasos que yo entiendo cruciales para terminar de configurar el perfil de un ciudadano futuro que entienda, sin la necesidad de que circunstancias históricas ni ninguna crisis se lo recuerde, que, en el ser humano como especie, lo económico y lo  político no puede discurrir de espaldas a la ética y a las humanidades ya que ello siempre irá contra nuestra esencia y terminará teniendo a medio o largo plazo consecuencias en nuestra contra: y esta crisis contemporánea y global me parece un claro ejemplo de ello. También opino que son muchos los que se están planteando que quizá estaban viviendo rodeados y colapsados por un número ingente de necesidades que no eran tales en el sentido de que era posible vivir prescindiendo de ellas. Y, paradójicamente, muchos notan la crisis por una merma en la satisfacción de dichas necesidades que me atrevería a catalogar como necesidades artificiales. No veo mal la existencia de las mismas, hasta el punto de que entiendo que la creación de esa clase de necesidades forma también parte de nuestra humana naturaleza, pero lo que sí opino es que no podemos endiosarlas hasta el punto de que éstas lleguen a esclavizarnos y se conviertan en la principal causa de nuestra desdicha.

3. No podemos ser meros polizones sociales: otra bondad de la crisis, aparte de que los ciudadanos se hayan percatado en mayor o menor medida de que no pueden mantenerse al margen totalmente de los asuntos políticos y dejar que otros sean los que lleven el timón sin tratar de preocuparse por lo menos de las coordenadas que le han dado al barco, es que la crisis, como decía al comienzo, siempre suele ser motor de cambio. Si estableciéramos un paralelismo entre un ser humano y una sociedad, la crisis sería algo así como los cambios que experimenta el niño antes de convertirse en adolescente y que aunque puedan ser percibidos como una vivencia dolorosa, indeseable o traumática, terminan llevándole a un estadio de mayor madurez; en cualquier caso, a un lugar distinto tanto para lo bueno como para lo malo. Lo que me gustaría destacar es que las cosas nunca volverán a ser exactamente igual que antes y que nunca, aunque estemos atravesando un periodo complicado a todos los niveles, retrocederemos de manera calcada a ninguna época precedente; por la sencilla razón de que las circunstancias no son las mismas y nosotros tampoco somos los mismos. Es más, la crisis nos está haciendo reflexionar y replantearnos nuestro modus operandi a muchos niveles con lo cual entiendo que ha venido para mejorarnos. Otra cosa es que, cuando las cosas comiencen a funcionar nuevamente mejor, tengamos una mínima capacidad memorística que nos permita recordar pasados recientes para no volver a cometer errores idénticos.

4. Los lobos tienen orejas: hablando de la manera más llana posible, me temo que le hemos visto las orejas al lobo. Si el actual modelo económico es insuficiente, si el tejido empresarial debe renovarse y readaptarse a sociedades cuyas demandas son diferentes, si el propio individuo debe adaptar su mentalidad a los nuevos cambios que nos depara el futuro, me temo que   solamente a través de una crisis medianamente intensa podía activarse y llevarse a cabo dicha revolución a todos los niveles anteriormente mencionados. Así que bienvenida sea la crisis si ha venido para despertarnos y para que desengrasemos y revisemos la maquinaria que mueve nuestra sociedad.

A modo de conclusión, opino que lo que nos está pasando ha pasado miles de veces a lo largo de la historia pero, sobre todo los de mi generación, no estamos acostumbrados a las vacas flacas ya que hemos tenido la suerte de vivir desde niños períodos en los que ha reinado el orden y la bonanza económica. Quizá debiéramos tratar de familiarizarnos más con la historia y debiéramos empezar a asumir que no vivimos en un mundo feliz pero que nuestra obligación es tratar de hacer todo lo posible porque así sea…

A mi modo de ver, la dificultad a la hora de resolver un problema es directamente proporcional a la complejidad del mismo. Por tanto, no podemos trivializar los problemas a los que nos enfrentaremos en un futuro reciente pero tampoco podemos dejar de percibirlos como algo natural e inherente al propio funcionamiento normal, y casi me atrevería a decir saludable, de nuestras sociedades.

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