Desde hace algún tiempo, cada vez que voy a la Iglesia con motivo de la celebración de alguna boda o de alguna comunión o de algún bautizo, no puedo evitar pensar en el papel protagonista y un tanto exhibicionista que juega el cura durante la celebración de dicho acto. De ahí que haya titulado este artículo “El cura como frontman”. Todo el mundo permanece en silencio observándole mientras que el cura (centro momentáneo del universo) se pasea, gesticula y habla empleando un micro que contribuye a que su voz reverbere aún más dentro de aquel espacio de techos altos y abovedados que es la Iglesia. También cada vez más los templos se preocupan por la incorporación de tecnología punta y no es infrecuente el uso de los audiovisuales cuyo objetivo primordial es acercar la imagen del clérigo a la pupila de los fieles de manera que su figura se termina de perfilar como la de un personaje mediático con aura de icono.

Pues bien, cada vez que voy a la Iglesia no puedo evitar meterme en el pellejo del cura y es que una de mis principales virtudes (modestia aparte) es la de la empatía… Todo aquél que haya hablado en público sabe bien lo que se experimenta cuando todo el mundo calla y tu voz es la única que resuena, cuando todos permanecen sentados frente a ti y tú eres el centro de todas las miradas. Hay algo de morboso en dicha experiencia que suele ir acompañada de un más o menos perceptible subidón de adrenalina y de los siempre excitantes nervios del directo. En cualquier caso, la impresión que he sacado de mi observación detenida es que al cura le encanta ser cura y le gusta estar ahí arriba hablándole a su público como si fuese, salvando las distancias, una especie de gurú o estrella mediática. Creo que el cura se gusta a sí mismo mientras suelta su discurso-soliloquio y obtiene el beneplácito de su público. Es más, no puedo evitar imaginarle en su casa delante del espejo ensayando su show y lanzándole besitos esporádicos a su propia imagen reflejada en el espejo. Estoy convencido de que aguarda impaciente la llegada de la misa y que debe sentir una adicción o un cuelgue similar al que experimentan los actores de teatro cuando suben al escenario: ese gusanillo que hace que no puedan vivir sin eso. El cura es un yonqui del ritual, un egocéntrico con mono de misa. El cura es dios al menos durante el tiempo que dura el ritual. Y no quiero decir que haya nada de malo en ello sino que, dentro de la comunidad cristiana como dentro de cualquier otro grupo social, cada individuo, en función de unos rasgos de personalidad concretos, adopta uno u otros roles y se implica en la vida de dicho grupo de una manera concreta. En este sentido, opino que el cura tiene algo de frontman o  de d.j. sacro, si se quiere.

Por definición, el sacerdote es una persona que se dedica profesionalmente, en exclusiva o a tiempo compartido, a realizar actos de intermediación entre los miembros de una comunidad religiosa y la divinidad a la que estos adoren. En resumidas cuentas, el sacerdote es el puente entre el cristiano y dios o, dicho de otro modo, entre dios y su público. Pero, cuando cada vez más, la gente no cree en un dios como tal sino que empieza a entender la religión católica como lo único que puede ser, digamos un estilo de vida regido por una serie de reglas y principios, el cura ya no tiene que ejercer de intermediario entre los cristianos y nadie sino que él mismo se convierte en la estrella: en el indiscutible cabeza de cartel de todos los rituales.

De acuerdo a las enseñanzas cristianas, el sacerdote debe dar muestra de virtudes como paciencia, bondad, pureza y sinceridad y ser capaces de sobrellevar circunstancias adversas para cumplir su misión (que esto sea lo que se espera de alguien a la hora de ejercer su misión (se cual fuere) me parece cuanto menos un buen punto de partida: otra cosa es que luego sea así o no en la práctica). En los primeros años del cristianismo, los fieles de esta religión fueron perseguidos y muchos de ellos, incluyendo a sacerdotes, fueron torturados y asesinados por profesar sus creencias. Han cambiado mucho las cosas desde entonces pero lo que quiero destacar es que no pretendía con este artículo criticar a la Iglesia Católica ni hablar jocosa o peyorativamente de los curas (no porque no piense que no haya cosas criticables sino porque no es el cometido que me había propuesto con este análisis  y probablemente dedique otro artículo a ello). En este artículo hablo del perfil o personalidad del cura o de una predisposición natural a desempeñar dicho rol y ser el centro de atención o la cara visible dentro de dicha comunidad.

Es más, no me suelen caer mal los curas. Con los pocos que conozco, independientemente de que discrepemos en no pocos aspectos, puedo estar hablando durante horas y la charla suele ser fructífera y amena. Es más, opino que, si por cada nuevo joven que se ordenase cura desapareciese un quinqui, sería la hostia.

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