Se acercan las elecciones generales y no puedo evitar darle vueltas a la cabeza en torno a qué es exactamente eso que llamamos democracia o, más bien, en qué ha terminado convertida y si podemos mejorar el modelo o ciertos aspectos del mismo. Y también, en definitiva, si podemos afirmar que el significado de esta palabra haya ido mutando con el paso del tiempo. Lo que parece claro es que, este modelo actual, tanto para bien como para mal, dista mucho de ser la democracia en estado puro que gestaron y practicaron los atenienses.

Por ello, antes de seguir, quisiera dejar claras algunas nociones teóricas básicas. A saber, Democracia, es una forma de organización de grupos de personas cuya característica predominante es que la titularidad del poder reside en la totalidad de sus miembros, haciendo que la toma de decisiones responda a la voluntad colectiva de los miembros del grupo. Clásicamente la democracia ha sido dividida en dos grandes formas…: 1) La Democracia directa o democracia en estado puro, tal como la vivieron sus fundadores atenienses, y en la que las decisiones las toma el pueblo soberano en asamblea. No existen representantes del pueblo, si no, en todo caso, delegados que se hacen portavoces del pueblo y que únicamente emiten el mandato asambleario. 2) La Democracia indirecta en la que el pueblo se limita a elegir representantes para que estos deliberen y tomen las decisiones en su nombre.

Está claro que el sistema de democracia que practicamos hoy día, por razones prácticas, es el de la democracia indirecta y acerca de él vamos a hablar y especular someramente. Casi todo el mundo te dice que debes ir a votar y casi tachan de aberración plantearte lo contrario ya que entienden que la democracia se sostiene precisamente gracias a la participación de todos. Y si no votas, luego no puedes exigir nada ya que no eres un ciudadano participativo, activo democráticamente hablando. Pero, paradójicamente, si yo no voy a votar no pasará nada ya que, este sistema democrático que teóricamente no puede funcionar sin contar conmigo, se las arreglaría perfectamente sin que tú ni yo ni unos pocos más fuésemos a votar. A mi modo de ver, uno de los principales pilares de la democracia actual, es que el modelo ha sabido ingeniárselas para sobrevivir prescindiendo de sus partículas elementales. Y es que adonde pretendo llegar es a demostrar que, en un sistema que se basa en la máxima de que la soberanía reside en el pueblo, paradójicamente, el pueblo ha terminado siendo lo de menos. Y lo máximo que decide aquél que vota es si gana el partido A o el partido B pero nada más, con lo cual la capacidad de decisión de cada ciudadano termina siendo extremadamente estrecha y vacua. Si el poder de decisión de un ciudadano equivale a 0 y la suma de todos los ciudadanos da como resultado EL PUEBLO, entonces tenemos como resultado que:

EL PUEBLO = 0.

Generalmente, el votante (o depositario hipotético de la soberanía), tiene que escoger entre un abanico muy reducido de opciones que, para más inri, se asemejan entre sí cada vez más con lo cual la posibilidad real de escoger cada vez es más restringida e ilusoria: es como si vas a una heladería que se autodefine como “HELADERÍA DEMOCRÁTICA” en la que solamente puedes escoger entre helado de turrón y de vainilla. Y no hablemos ya del hecho de que, la mayor parte de la gente, no conoce a fondo [a veces ni tan siquiera superficialmente] los programas de los partidos políticos que van a votar y, en no pocos casos, ni tan siquiera posee los conocimientos suficientes para poder comprenderlos o entenderlos (principalmente en lo tocante a ciertos temas más técnicos como podrían ser, por ejemplo, las políticas en materia económica). Y está claro que cierto tipo de materias no pueden dejar de ser técnicas por el simple hecho de que el pueblo –o cierta parte del pueblo- no consiga entenderlas, pero ello corrobora el hecho de que, la democracia, tal y como la solemos definir o nos la suelen vender, es una quimera; sencillamente no es factible. Es más, en parte, opino que dios nos libre de que ciertas personas tomaran decisiones vinculantes acerca de ciertas cuestiones de suma relevancia. Así que, lo queramos admitir o no, al final quien gobierna es una élite y entonces ahora el problema viene cuando descubrimos que esta élite de gobernantes, en gran parte de los casos, tampoco está lo suficientemente informada. Así que, como mínimo, deberíamos exigir a la clase política que tuviese una formación mínima acerca de aquello que va a constituir el contenido de su tarea. Situados en este punto, me gustaría dejar claro que mi reflexión en este artículo concreto no pretende ir más allá de sacar a la luz la desconexión que existe entre lo que nos enseñan que es la democracia en un plano teórico y la democracia real que practicamos.

Pero por si fuese poco, en la asamblea en la que se reúnen esos políticos a los cuales hemos votado y que, supuestamente, nos representan o actúan como canales de nuestra voluntad, las decisiones no se toman empleando el sentido común o la lógica (que sería lo mínimo exigible), sino que los representantes, de una manera infinitamente pueril, se tienen que limitar a defender a ultranza lo que diga su partido y a criticar sistemáticamente lo que diga el contrario aunque, en no pocas ocasiones, el oponente esté planteando algo lógico, razonable y a todas luces necesario y bueno para el conjunto de la sociedad. Es decir, el pueblo no toma decisiones sino que simplemente vota a A o a B pero luego, además, A o B ni tan siquiera hacen de portavoces de lo que supuestamente quiere el pueblo sino que actúan movidos por otros intereses particulares e internos de partido. Por tanto, esos que nos representan terminan, no preocupándose por nuestro bienestar, sino por el de su propio partido con lo cual, y en última instancia, podríamos afirmar que los políticos terminan representándose a sí mismos. Y si a eso le añadimos que, tanto A como B para gobernar, suelen necesitar coaliciones con otros partidos minoritarios que terminan imponiendo también su voluntad a golpe de chantaje, pues podemos incluso llegar a concluir que ni tan siquiera termina mandando aquél al que votamos.

En una entrevista concedida en su casa, el escritor José Saramago, comentaba que muchos no percibimos que la dictadura cambió y vivimos en una dictadura económica. El premio nobel portugués alude al concepto de capitalismo autoritario en el que hay que acumular todos los bienes que se pueda y en el que el concepto de ciudadano fue sustituido por el de cliente. Somos consumidores, nada más. Yo soy demócrata, prosigue, pero mi concepto de la democracia no tiene nada que ver con el concepto en vigencia y que se practica. Para Saramago, un concepto de democracia en el que el ciudadano se limita a meter una papel en una urna y ahí acaba su participación o alcance político, no es una democracia sino una ilusión. Porque le damos nuestro poder a los políticos y los políticos no son los que realmente mandan en el sentido de que todo lo que hacen lo hacen al servicio y a merced del capital. Saramago pone el ejemplo de si alguna vez alguna multinacional como Coca-Cola ha llegado a las elecciones de algún país planteando una candidatura y la respuesta es no porque no lo precisan ya que, de alguna manera, las multinacionales, sea Coca-cola o General Motors, son las que mandan y gobiernan el mundo e influyen decididamente y en su favor en el rumbo de las cosas. Por su parte, el filósofo Gustavo Bueno, preguntado acerca de la cuestión que estamos tratando, alude también a la enorme distancia que media entre el pueblo y la toma real de decisiones. Gustavo Bueno llega a comparar la relación que se produce entre la Democracia y el Pueblo con la que se produce entre la Religión y Dios, en el sentido de que el pueblo estaría tan lejos de la democracia real como un cristiano de mantener una relación física y directa con el verdadero dios. Gustavo Bueno comenta que, en el actual sistema democrático, el pueblo ni mucho menos traspasa su opinión o decisión al candidato sino que simplemente, otorgándole su voto, se limita a confiar en él en lo que casi podríamos calificar como un puro acto de fe.

Solamente con lo expuesto hasta el momento parece claro que, la voluntad del pueblo, en el actual sistema democrático, para hacerse efectiva y convertirse en Ley o Proyecto de Ley o lo que sea, atraviesa por tantos filtros que termina quedando tan distorsionada o adulterada como la cocaína que llega en avión o en barco procedente de Colombia de manera que lo que llega ni tan siquiera puede ser considerado la voluntad del pueblo sino algo así como una mezcla entre aspirina y tiza trituradas. Y por eso es normal que el pueblo se queje de las decisiones que adoptan los políticos: porque, ni de lejos, pueden llegar a ser consideradas sus decisiones. Por tanto, dicho esto, hay que tener muy claro que hay una enorme distancia entre lo que entendemos por democracia en un plano teórico y la democracia que realmente existe o practicamos en nuestras sociedades actualmente.

Pero, como decía, todo el mundo insiste en que tienes que ejercer tu derecho al voto porque, salvo en contadas excepciones, tu participación activa en eso que hemos dado en llamar democracia se reduce o ha quedado reducida a introducir un sobre en una urna una vez cada cuatro años para decidir algo tan simple como que gane A o que gane B (partimos de la base de que C nunca puede ganar y de que está simplemente ahí de decorado para que la representación parezca más fidedigna). Pues bien, cada vez me planteo más seriamente si eso es suficiente o si eso debe ser suficiente. Una vez cada cuatro años dedicamos un par de horas a ser demócratas. Si yo una vez cada cuatro años me dedicara a escribir un verso tardaría no sé cuántos años en terminar de escribir un poemario y probablemente el poemario nunca sería bueno. Y aunque el poemario fuese bueno yo no me atrevería a autocalificarme poeta. Entonces ahora viene la gran pregunta: ¿Sería por tanto correcto denominar demócrata a aquél que reduce su participación en este sistema a la introducción de un papel en una urna cada cuatro años? Yo diría que no, que no somos demócratas.

Considero que ese sistema de delegación infinita de nuestras voluntades y de dejadez o pasividad ciudadana -o como prefiráis llamarlo-, debe tener necesariamente sus déficits y sus carencias que no podemos ignorar y, por tanto, no podemos quejarnos y llevarnos las manos a la cabeza y no entender por qué este sistema no funciona perfectamente y no todos tenemos lo que queremos. Es decir, la democracia, en caso de que fuese factible llevarla a buen puerto en los términos en que la idearon los griegos, exigiría necesariamente un mayor grado de implicación por parte de todos si quisiéramos que funcionase correctamente, del mismo modo que la educación de un hijo está directamente vinculada al grado de implicación de ambos progenitores.

Debo confesar que no tengo una fórmula mágica o una batería de medidas para conseguir que el sistema sea perfecto. Es más, cada vez tengo una actitud más distópica en este sentido y creo que, esta actitud un tanto escéptica pero al mismo tiempo visceralmente realista, podría considerarse como mi mayor aportación a este debate por medio del presente artículo. Opino que, siempre que nuestro papel en la democracia como ciudadanos quede reducido a introducir un papel en una urna cada cuatro años y el resto del tiempo sea dejadez, queja, desidia y delegación infinita, raramente podremos conseguir que algo cambie de veras. Lo contrario sería adoptar un rol participativo y activo al nivel o escala que te sea posible: informándote, formándote, participando activamente en las instituciones de  tu municipio o en las asociaciones de tu barrio; en definitiva, haciendo algo que te permitiera cambiar las cosas, o incluso implicándote en la vida política si eres uno de esos que posee la convicción de que serías capaz de hacerlo mejor que los que gobiernan. Pero este sistema nos ha convencido de que da igual lo que hagamos porque no podemos cambiar nada y, de ese modo, nos ha convertido en parapléjicos políticamente hablando.

Lo que parece cada vez más evidente es que es imposible alcanzar un modelo perfecto y que se mantenga perennemente perfecto a lo largo del tiempo, entre otras cosas, porque las personas que integramos la sociedad somos todos distintos los unos de los otros y no todos buscamos lo mismo, e incluso aquello que perseguimos o defendemos puede ser mañana distinto de lo que anhelamos hoy. Por fortuna, no somos individuos embalsamados que integren sociedades inertes. Y, creedme, ello es una ventaja.

El modelo ideal no existe pero el pueblo se entusiasma cada vez que un carismático charlatán le vende una panacea. Pues, ala, no habiendo panaceas tampoco hay desilusiones posibles. La democracia puede que sea el sistema menos malo posible, pero opino que la idea de democracia que nos han inculcado desde niños en un plano teórico no nos está haciendo bien a estas alturas ya que nos sitúa en la ilusoria idea de que ya no tenemos nada que hacer ni debemos esforzarnos porque lo que tenemos es tan bueno que no es susceptible de ser mejorado. Así que habría que redefinir la palabra democracia y adecuarla al significado real que posee en las sociedades modernas. Propongo una primera aproximación al término:

Democracia actual: Sistema de gobierno en el que se da una especie de relación sentimental a tres bandas. Por un lado, estaría el Pueblo y por otro Los partidos políticos y por último El capital. Pues bien, el pueblo mantiene una relación conyugal con los partidos políticos caracterizada desde largo tiempo atrás por la monotonía y el desencanto, mientras que los partidos políticos mantienen una relación extramatrimonial y pasional con el capital que el pueblo conoce y tolera a modo de cornudo consentido.

Anuncios